... POSTDATA PARA CRITICOS...(CONT)

Pero los intelectuales y cuasi intelectuales convertidos en fiscales van más lejos: descalifican a la marcha misma y tratan de desvirtuarla. La han considerado una iniciativa extremista, manipulada por Pérez Roura, como si los exiliados fueran un rebaño de impensantes gregarios. “Manipulación”, “obsesión indecente”, “marcha fuera de contexto histórico”, ataques personales, etc., etc. Toda una trampa terminológica y sofística destinada a parcializar la percepción de la realidad.
Sin duda, esto es una toma abierta de partido contra los que abogan por una línea dura inmutable frente a Castro. Así están las cosas: para estos escribientes lo válido es la inercia y la resignación, quedarse sentadito en casa y guardar las banderas. Lo contrario, salir a marchar, sería un hazmerreír histórico.
Es inocultable que el horno está que quema. Al unísono con la guerra en Irak, el castrismo, después de rechazar el Plan Varela y de proclamar la eternidad fidelista comunista, continúa la ola represiva contra líderes opositores, periodistas y bibliotecarios independientes.
Un discurso castrista más duro y de cero apertura contrasta en Miami con el fantasma renovado del fidelismo disfrazado (para quienes la libertad de Cuba empieza por Fidel y el diálogo) y con la tendencia al dialogismo postcastrista (negociación con los castristas sin los Castro)
Aparte de otras variantes que buscan lo mismo a expensas del Plan Varela (la posibilidad liberadora transmutada en continuismo postcastrista). Lo sorprendente es que la disonancia de algunas voces anti-marcha, de innegable filiación anticastrista, favorezcan la estrategia fidelista de cisma y confusión.
Pareciera que el ejercicio de la democracia (participa quien quiera) está por encima de los intereses patrióticos pero el debate de marchar o no marchar revela que está en juego la historia misma del exilio, el ser o no ser, el exilio tradicional frente a la negociación y la coexistencia.
Los hechos hablan por sí mismos: como un plebiscito indubitable. El resultado final: decenas de miles de exiliados cubanos anticastristas y de otras nacionalidades (venezolanos, nicaragüenses, centroamericanos, etc.), acudieron a la marcha de la calle Ocho, no porque decidieran seguir los liderazgos personales, los micrófonos pregoneros y la euforia ideológica, sino para expresar oportunamente el sentir que le es propio y doloso: el de la libertad perdida y anhelada.
Aquellos que intentan desacreditar y boicotear las marchas, por razones ideológicas o maquiavélicas, los miopes y zurdos de siempre, debieron estar bastante atormentados ante la imagen de aquella nutrida multitud que reclamaba libertad con dignidad para Cuba.

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